Editorial
Ha llegado la fecha límite.
No tiene que ver con la debacle del cuerpo, con la resignación, las ventanas memorizadas o reordenar las botellas en la mesa, sostener soliloquios con fervor, dejar empequeñecer las manos hasta la tierra, que se mojan, se funden y se acarician impropias, apretandose hasta el páramo de la mano hecha mano, de sí misma, de su fuerza insuficiente para formar un muñon, un aparato, un sólido de tacto.
La teoría del patetismo ha sido la primera teoría que he delineado sin anclaje, desde la propia práctica, desde el precipicio mismo en una búsqueda que considero ingénua por falta (ansiada aún, planificada) de autocrítica, y en una coincidencia caricaturesca y pueril, que nunca llega, que se aproxima cuando la pienso, la cuento o la recuerdo, pero que por si misma podría ser tanto cómo una borrachera, una exageración, un sinónimo rimbobante para decir algo cómo "puré" o "pan", algo con "p". "Putain".
L'etranger
No puedo decir que Francia es lo mejor de Francia por ser Francia.
No dudo que cualquiera, y en soledad más que nada, acercandose a la estación de no importa cual ciudad, enredado en las voces de un idioma incomprensible, ante la posibilidad de erarr por un acto estúpido, por no poder calcular, por no preguntar donde está el baño o el cajero, no haya sentido ese placer secreto de ser un hombre en el mundo, a secas. Ante la góndola de los supermercados, ante el mozo detrás de la barra, detrás de la multitud a la cual hay que sortear, y la moneda que hay que transformar una o dos veces hasta llegar al cálculo correcto, hasta equiparar en relación al IPC y determinar, más allá de la desición que ya fue tomada, por simple placer de considerarse extranjero, de poner la escusa de un país para reafirmar esa verdad inexorable, que siempre fuimos y que ahora solo, ahora, cobra un valor material.
Luego todo se va acortando: y la magia secreta y perversa de recordar, de saborear la cásacara del recuerdo que criba la sonrisa y no la lágrima; el mecanismo se oxida, el juguete se va volviendo viejo y cómo los niños, cuando se investigan los filamentos del motor, y la bovina toma su nombre y su máquina se vuelve diagrama y ya no efecto, pero sin esas ansias de imitar o construir, ya no somos extranjeros.
Y a donde habrá que ir, a donde.
He pensado en decirle a algunos, y creo que lo he hecho, qué "Europa está muerta". Hace tiempo un amigo me dijo que Montevideo es un sueño, un sin tiempo, una irrealidad. Y más allá está aquí, en donde podría decir que hay aún menos apercepción de tantas cosas, de lo que yo considero realidad en un sentido no necesariamente materialista, el mundo viejo donde los trenes andan según su esquema y la política se reduce a su dimensión económica, y en donde todos producen, manejan las lineas logísticas, los tentáculos publicitarios, las fabricas universitarias, y son felices, y no son, no feliz sino ser (y esto no es nada nuevo, al final el mediosiglo no surtió nada de efecto y nadie se acuerda más allá de los slogans tan bonitos y poéticos: "la imaginación al poder", cual, donde, imagenes?).
Ya no es posible escapar al simulacro, ni menos aún ser extranjero.
Y suenan las reminicencias finiseculares, y suenan aquellas de cualquier época que se autodenomine decadente.
Al final la poesía es perversa, y entrena al hombre para lo imposible, lo más exasperante. O dormirlo en su sueño estetico ingenuo e infantil,o enfrentarlo al cinismo y la vejez de su generación que siempre, por arrogancia o pesimismo se considera maldita.
No hay comentarios:
Publicar un comentario